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Y, sin embargo, no hubo acuerdo: una crónica de la Simulación del Consejo Europeo

 

Y, sin embargo, no hubo acuerdo. Si en la vida real comenzásemos con esta frase nuestra crónica de la última reunión del Consejo Europeo para debatir la crisis de los refugiados, el lector medio no necesitaría leer más, pues toda la información relevante para él se encontraría condensada en esas seis escuetas palabras. Estaríamos por tanto ante una crónica pésima, aunque también, seamos justos, podría considerarse un tweet arquetípico. En cualquier caso, no debería extrañarnos este comportamiento tan habitual del lector: si las políticas impulsadas por las instituciones públicas tienen, por norma general, poder vinculante -pueden obligar por medios coercitivos a su cumplimiento- es normal que al lector –y por ende ciudadano-, escaso de tiempo, sólo se interese por los resultados de la política, los outputs, mientras que, por otra parte, poco o nada querrá saber del proceso de gestación de las políticas, lo que ocurre dentro de las instituciones; en definitiva, hablamos de ese sin embargo tan complejo e inconcreto, que constituye las entrañas de la política y que, el pasado día 7 de octubre, la Asociación Demos intentó recrear organizando la simulación del Consejo Europeo para resolver la crisis de los refugiados.

 

No faltó nada a lo largo de la simulación. Si bien la controversia y la diversidad de opiniones son la sal de cualquier debate en el que intervengan veintiocho países, el tema de la crisis migratoria y humanitaria que recorre Europa desde Medio Oriente ha conseguido levantar las más airadas pasiones en cada uno de los Estados de la Unión. La polémica estaba servida. Ni siquiera el jarro de agua fría inicial –debido a la notoria ausencia a última hora de los representantes de algunos Estados- consiguió rebajar los ánimos de unos participantes entregados desde el primer minuto a hacer valer sus posturas para llegar a una solución.

 

Una de las mayores virtudes de este tipo de actividades es que, aunque parten de un escenario que pretende simular la realidad, su desarrollo no tiene porque corresponder con esa realidad. La estrategia y las habilidades retóricas de cada participante juegan un papel determinante en la suerte de las negociaciones y en la defensa de los intereses de cada Estado. Así, aunque una parte de guión se desarrolló en la misma línea que las conversaciones reales (no podemos cerrar esta crónica sin hace mención del excelente papel jugado por la representante de la siempre polémica Hungría, a la que no le tembló el pulso en ningún momento para bloquear cualquier propuesta impulsada por su templado  homólogo alemán), se dieron escenarios de lo más peculiares, con una inesperada y memorable actuación de los representantes de países como Rumanía, Portugal o Grecia, por una parte, y, por otra, la gran implicación en el debate de un representante del Reino Unido deliciosamente demagógico y belicoso, que estuvo a punto de unir a todos los socios para aprobar una intervención de paz en Siria contra el Estado Islámico (soberbio oxímoron). 

 

En fin, todo el mundo debatió con fervor y entusiasmo. Todo el mundo aprendió lo difícil que es negociar entre veintiocho países. Todo el mundo tomó un poco más de conciencia sobre la gran tragedia de los refugiados. Todo el mundo dio lo mejor de sí y, sin embargo, no hubo acuerdo, pero todo el mundo acabó contento.

 

Javier Canales

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